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¿Para Qué Me Silencio?

Escuela Iberoamericana de Coaching
Publicado de Mayra Mendoza · 26 Junio 2020
¿Qué somos capaces de sacrificar solo para ser aceptados y amados?...
Recuerdan la historia de la Sirenita, seguramente alguna vez la leíste, viste la película, o en algún momento la compartiste con tus hijos. El arquetipo que nos muestra Disney a través de la Sirenita es fascinante. Ella a cambio de unas piernas y pies para poder caminar, y decide convertirse en humana, es decir, ella elige entregarle su dulce y maravillosa voz a la bruja del Reino del Mar, todo por conquistar el amor del príncipe.
Cuando va al encuentro con él fuera del mar, el príncipe duda si realmente es la sirena de ojos azules, cabellos rojos y hermosa voz que cautivó su atención por primera vez mientras navegaba en el mar.
En este momento, me reviso y pienso cuántas veces entregué mis habilidades más preciadas a cambio de ser aceptada en un trabajo, en una relación, en la familia, simplemente por sentirme parte, amada y aceptada.
Me detengo y vuelvo al encabezado de este escrito ¿Qué ganó cuando me silencio? ¿Para qué elijo callar, silenciarme, opacarme? Evidentemente, cuando me callo recibo algo a cambio, recibo una recompensa.
Creo que la enseñanza más hermosa de esta historia infantil, con una amplia trascendencia en la adultez, es la voz.
Decidir silenciarte, apagarte, callar, permitir que el otro te robe una parte esencial de ti, que te hace diferente que hace ser en tu naturaleza un ser único.
Si pudieras enumerarlas, ¿Cuántas veces te has apagado?, ¿Cuántas veces te has puesto en off ¿Cuántas veces has callado por miedo al rechazo? Todo aquello que hemos preferido callar por miedo a sentirnos rechazados o desplazados, ¿Cuántos gestos, besos, abrazos y caricias nos hemos guardado? ¿Cuántos encuentros nos hemos limitado, nos hemos cerrado? Todo lo que preferimos no hacer por miedo a que nos señalen y nos juzgue. ¿Cuántas veces nos detenemos allí? No nos permitirnos sentir por miedo a que nos hagan daño, no nos permitimos amar por temor a que nos vuelvan a tocar la herida. Sin duda, me incluyo en este último apartado.
¿Cuántas cosas hemos dejado de vivir y de experimentar cuando nos cerramos y recogemos nuestras alas?... ¿Logran cuantificarlas? Para mí han sido innumerables, he perdido si, en muchas oportunidades, he preferido no intentarlo, me asusta quedar vulnerable, fallar, fracasar y equivocarme. Eso ha generado que me sienta profundamente vacía, quebrantada y herida.  
A mí me encantan las palabras del psicólogo Marcelo Brosky “Deja de vivir tu cuento de hadas y hazte cargo como adulto que eres, de la vida que quieres”.
Sería interesante conocer cómo continúa la historia de la Sirenita cuando recupera su voz y se rompe el hechizo de la malvada bruja. Porque no es el final feliz que nos vendieron y que nosotros compramos, que serían felices para siempre, eso no sucede en la vida cotidiana.
Vivir la vida es un arte, es un regalo de Dios y aceptar las cosas como fueron, sin quedarnos en la resistencia en nuestro rol de víctimas, en ese traje que nos gusta vestirnos, para que afuera nos tengan lástima y no tengan otra que cosa de querernos.  
El desafío es amar las cosas como son, pero ¿qué tan dispuestos estamos? No puedo dejar de mencionar las palabras de Julio Olalla en este desafío de vivir “cuando nos atrevemos a amar, nos atrevemos a perder, inevitablemente”.
Esa existencia que también Olalla hace referencia en sus innumerables escritos y conferencias sobre ontología, se refiere a la capacidad de aprender a llorar nuestros dolores, eso nos hace conectarnos con la vida misma. No nos podemos olvidar del mundo. Eso sí, sin sacrificar nuestra voz, nuestra alegría, gustos, preferencias, lágrimas y dolores para fingir que estamos bien y ser los superpoderosos y los inquebrantables, ahí no hay humanidad.
Y es que en definitiva cuando aprendemos a darle luz a esa sombra que habita en nosotros, algo sucede en nuestra alma. Parece ser que cuando nos desprendemos de todas esas capas y máscaras que nos encanta lucir, quedamos susceptibles a ser lastimados y heridos.  Este proceso interno nos hace vulnerables, y a veces no somos suficientemente compasivos y amorosos al vernos frágiles y humanos.
Aquí me atrevo a incorporar una palabra pequeñita pero enriquecedora que nos hace grandes, ella nos permite acariciar nuestra historia, nuestros encuentros y desencuentros, lo que nos gusta y lo que no tanto nos hace sentir orgullosos de sí mismos.
“Me perdono”, cuando me perdono me permito soltar todo lo que fue, dejo de pelear, aceptando todo, así como fue, como lo elegí en ese instante de mi vida. Es el momento para incorporar y abrazar todo lo que pasó, justo allí sentimos una profunda paz y nuestra alma se libera. Esta ha sido para mí una puerta a todo lo nuevo y grandioso que he descubierto y experimentado con todo su esplendor.
Aquí me atrevo a contarles una reciente experiencia, a propósito de mantenernos contenidos y cercanos durante la Cuarentena, organizamos una noche de talentos, cada uno de los miembros de la familia buscó su mejor habilidad especial y la presentó ante las cámaras de las computadoras, fue una trasmisión en simultáneo en tres países, uno cantó, otro tocó batería, otro tocó su corno francés, mi Papá contó chistes, mi Mamá relató un cuento sobre las águilas con una hermosa moraleja, mi sobrina bailó, mi cuñada narró en francés y español la clásica obra de la literatura El Principito, y así cada uno mostró lo mejor de sí, y yo con mis dotes comunicacionales fui la presentadora de la anhelada Noche de Talentos.  A mis hijas les encanta hacer muchas cosas, una de ellas es bailar, sin embargo, por la insistencia de mis hermanos músicos ellas cantaron, todos las aplaudieron, pero al final ellas me expresaron “Mamá te diste cuenta, todos eligieron lo que más les gusta hacer, y nosotras cantamos para complacerlos a todos, y no nos sentimos felices, creemos que no fue suficiente, que si hubiésemos bailado hubiese sido más especial”.
Esa noche antes de dormir, internalicé cada una de sus palabras, evidentemente es así, no se sentían satisfechas, según lo que confesaron sintieron que les faltó algo, es decir, manifestaron sentir un vacío interno. Si ellas se hubiesen sentido en la libertad de elegir y callar las voces externas que les pedían cantar, todo hubiese sido diferente. Sin embargo, no fue así, por su condición de niñas no lo saben hacer, no saben hacerse cargo, no tuvieron la capacidad de alzar la voz para elegir qué era lo que ellas realmente querían presentar.
Les quiero regalar la pregunta que me hice ese momento, ¿cuántas veces tú también preferiste complacer afuera?, comerte algo que no te gustaba, recordé la primera vez que fui a la casa de mi exsuegra y ella preparó una ensalada de pasas, y yo por no quedar mal, me comí las pasas que tanto detesto. Recordé todas las veces que dije estaba bien, cuando en realidad sentía una profunda tristeza y agotamiento, recordé todas las veces que me quedé, donde ya no quería estar. Las veces que tuve que cambiarme de ropa para no lucir tan llamativa, pues me sentía señalada.
Recordé todas las veces que he escuchado gente que estudiaron medicina porque sus papas son médicos y hay que continuar el legado. Casarte porque si no serás la solterona de la familia. Tener otro hijo para completar el clan, para ver si tu pareja esta vez si te elige, si te atiende, si te mira. ¿Les ha pasado? ¿Les hace sentido?  Andamos buscando afuera lo que está adentro de nosotros. Buscamos lealtad, fidelidad, compañía y amor, pero nos cuesta ser leales a lo que queremos, fieles a nuestros gustos y deseos, a ser y hacer lo que realmente nos apasiona. Nos aterra estar con nosotros mismos, por eso preferimos aceptar migajas y lo que el otro pueda y quiera darme. Cuando sumas, cuando das, debes estar dispuesto a recibir con las manos abiertas, sintiéndonos merecedores.
Abracemos nuestra humanidad y vendrá todo, absolutamente todo lo que hemos pedido. Dejemos de querer instalarles a otros nuestras carencias, ya ellos eligieron sus zapatos de acuerdo a su talla y su color favorito. Si es apretado, si no logras abrir la puerta, si estás haciendo resistencia, no insistas, ahí no es. Cuando un hombre y una mujer saben lo que quieren en la vida, no se desesperan, la verdad es que saben elegir a su ritmo y a su tiempo.  
Hay un llamado que me encanta del escritor Humberto Montes “la vida nos invita vivir desde la coherencia, sin máscaras, sin disfraces, desde lo más genuino de nuestro ser, así que prepárate por que la vida de tus sueños está esperando por ti”. Hermosa y retadora elección, ¿verdad?
Quisiera preguntarte, ¿Hay algo que estar silenciando? O podría preguntar, ¿para qué lo estás silenciando? A veces que puedes vivir callando, pero puede llegar un punto en que esos silencios suenen ensordecedores en tu vida.
Es necesario ir al centro de nuestro propio corazón en busca de las respuestas. Posiblemente un baño de nuestra propia amabilidad nos haría bien, nuestros actos equivocados nos trajeron un aprendizaje. Abrázate, permítete hacer conciencia plena de lo está pasando, de lo que estás sintiendo con tus sentidos, con tu cuerpo, con tu mente y tu corazón.  
Quiero cerrar este escrito con las palabras de la escritora y filósofa francesa Simone de Beauvoir “el afán de preservar mi propia independencia no pesó mucho en mi decisión, me habría parecido artificial buscar en la ausencia una libertad que, con toda sinceridad solamente podría encontrar en mí cabeza y en mi corazón”.  



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