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El Milagro de Escuchar

Escuela Iberoamericana de Coaching
Publicado de Angélica Ramones · 1 Agosto 2020
Recientemente hacia un curso del manejo de redes sociales, de Instagram especificamente, queriendo aprender sobre esta herramienta que se ha vuelto bastante productiva y con la que verdaderamente logras conectar con una audiencia alrededor del mundo. Al igual que nosotros, esta aplicacion ha ido evolucionando en el tiempo, volviendose compleja, haciendose preciso estudiarla para aprovechar al maximo sus ventajas.
En una de las clases, la facilitadora del curso, publicista venezolana con una trayectoria bastante exitosa para su corta edad, decia que para crear comunidad y conectarnos con esa masa, no era suficiente solo publicar lo que queriamos comunicar, era necesario escuchar a nuestra audiencia, prestandole atencion a sus comentarios y utilizando las diferentes opciones que Instagram nos brinda para llegar al público como preguntas, encuestas y hasta donde llegue tu creatividad.
Al escuchar esta premisa algo hizo click en mi cabeza, recordando mis clases para la certificacion como coach ontologico donde se hacia imprescindible poner atencion a lo que nuestro asistido nos decía: ¡ESCUCHÁNDOLO! recuerdo que esto fue una de las cosas que mas me costo. pues en mi andar, estaba segura que escuchaba a las personas y  que equivocada estaba.
Escuchaba, claro está, pero lo hacia sin la verdadera intención de conectar. Cuando entendí y apliqué que para realmente escuchar tenía que callarme, ocurrió el milagro y cuando digo callarme, no me refiero a no hablar, me refiero a presionar el botón de pausa de esa voz interna que bloquea la empatía sincera.  Esa voz que sabotea con juicios, pensamientos propios, afirmaciones, entre otros. Esa voz que no te permite despegarte de tu ser para estar con el otro, acompañándolo desde la escucha, desde la transformación que el otro necesita.
Para mis días de estudio, mientras leía y analizaba me daba cuenta como inmersa en mi mundo, en un mundo lleno de distracciones, ayudaba a las personas, pero siempre desde mi ser y no con mi ser dejando ser al otro. Fue curioso como en un momento pase por una etapa en la que solo escuchaba a las personas, ni siquiera emitia opinión, estoy segura que las personas pensaban que era aburrida o que no les estaba prestando atención, en ocasiones llegue a sentirme antipática, ocurriendome esto en pláticas cotidianas con amigos y familiares, como práctica o entrenamiento de lo que veía en clases.
Fue la transición entre aprender a escucharme y escuchar al otro la que experimentaba en ese momento, luego comenzo a despertar en mí la curiosidad, no para juzgar sino para saber atender desde la visión del otro, no decir lo que yo queria decir, tampoco lo que el otro queria escuchar, sino buscar la manera de presentarle opciones para un nuevo andar ante determinada situación que le ayudasen a romper ataduras o vendas que evitan que vea con claridad las situaciones.
Entendí en ese momento que el acompanamiento era para mi el crecimiento de la compasión como para el otro era la transformación. Y en ese punto máximo la transformación, era la mía propia y en ambos sentidos, siendo yo misma coach y coachee.!  El verdadero milagro ocurrió no cuando escuchaba a los demás, sino cuando me detuve a escucharme a mi misma. Cuando puse pausa a mi exterior para conectarme conmigo, para escucharme, sentirme, vivirme, conocerme y aceptarme  fisica y espiritualmente, con mis defectos y virtudes.
Que duro esto de aceptarme o validarme, como algo impuesto, me dispuse a sentarme en mesa redonda conmigo misma y establecer que estaba dispuesta a negociar y que no, que cambiar. Me cuestionaba y juzgaba, hice una lista clasificando y enumerando cualidades. Me hacia miles de preguntas, por un momento senti que estaba siendo muy dura conmigo misma. Hasta que paradojicamente me dispuse a viajar. Escogi un destino: el que más me gustaba por mi personalidad, experiencias, compatibilidad y gustos. Luego prepararía el equipaje, saque mi maleta, me disponia a un viaje sin tiempo determinado no sabria que podia necesitar y que no. Asi que meti y saque, cambie de posiciones una y otra vez lo mismo. Llegó el día del viaje y la maleta pesaba tanto, fue difícil llevarla de la habitación al carro.
En un acto de compasión conmigo misma y para el disfrute de mi viaje decidí dejar la maleta pesada, como acto simbólico de dejar todo aquello que, escuchandome, entendí estaba creando solo un peso innecesario, que me permitía avanzar, pero con dificultades. Y así, ya sin más tiempo para preparaciones me fui solo con lo que llevaba en la mochila, ya el camino estaba planteado, ¡solo estaba yo! Pero un yo fuerte capacitado para enfrentar cualquier situación que se me presentase en el viaje.  
Agudizar la capacidad de escuchar al otro solo maximizó el milagro de escucharme a mi misma, aceptando el milagro como ese suceso maravilloso que no puede explicarse bajo las leyes de la naturaleza o la ciencia, que te sorprende, y que ocurre cuando lo necesitas. Aprendí pues, que muchas veces el peso que llevamos a cuesta es producto de ataduras que pueden soltarse, y que solo necesitamos la fuerza en las manos para desatar los nudos. Que somos nosotros mismos los que llenamos nuestra maleta con equipaje dificultando el viaje de la vida.
Me sentía con la capacidad de escuchar ahora mi interior interactuando con el exterior. Agradecía tanto la ligeresa en mi andar, que ahora el milagro se expandía: desde la escucha, pasando por la compasion hacia mi ser y expresando agradecimiento, por todo cuanto llevaba y por lo que no llevaba también.
Ahora se hacia tanto claro escuchar el simple sonido de las olas del amar y agradecer el placer de escucharla. Se convertía en milagro escuchar tan solo la ebullición del agua para disfrutar de un rico te. Escucho ahora el mundo, y todo parece tan sorprendente, parace que puedo escuchar una planta florecer.
Sin duda, el camino de la transformación comienza en uno mismo, y uno de los regalos más valiosos que me ha dado el camino del coaching es saberme completa y vivir a plenitud para con una mano fuerte acompañar al otro, brindarle confianza y seguridad.



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