>
Vaya al Contenido

Mi Primera Carta a Dios

Escuela Iberoamericana de Coaching
Publicado de Alonso Ruiz · 26 Junio 2020
Si, así como lo sabes perfectamente, nunca había escrito una carta para ti, creo que lo más cercano que he hecho es responder “Bien gracias a Dios” cuando me preguntan cómo estoy…
Que irónico que he escrito más cartas en mi juventud para otras personas que me regalan felicidad y aún no he hecho mi primera hacia ti, bueno, ahora lo estoy haciendo, pero ¿Cómo no hacerlo? Si tú fuiste, eres y serás quien me regala la felicidad con todo lo que me rodea.
Decidí hacer esta carta porque dentro de mí, siento y necesito un respiro espiritual, de paz y lleno de amor, a veces voy caminando por la vida y se me hace inevitable llenarme de enojo, rabia, impotencia, me voy llenando de esa basura emocional que estorba enormemente, la cargo conmigo y poco a poco me recarga un peso que me agota y me resta felicidad.
Hace unos meses atrás, tuve un encuentro contigo donde me llamaste y le colocamos nuevamente agua a esa fuente que estaba seca y a continuación quiero expresarte, como si fuera un cuento, mi sentir antes de reencontrarme contigo.
Manuel es un joven que tiene 18 años y vive con sus padres, llevan una vida muy común y llevadera, come junto a su familia, es estudiante, es muy unido a su núcleo familiar que es bastante sólido.
Un día en plena hora de almuerzo, al terminar, Manuel se levanta y accidentalmente derrama jugo en el suelo.
¡Cónchale! Expresó Manuel.
Su mama le dice: “Ve a la azotea y busca el coleto que esta puesto al sol para que limpies eso”
Manuel va y busca el coleto seco y empieza a limpiar el lugar donde derramó su jugo, pero se da cuenta que no quedó del todo limpio, ni el coleto absorbió completamente el líquido. Pero así lo dejo y así fue a colocar el coleto nuevamente en la azotea.  
Al día siguiente, volvió la hora del almuerzo y Manuel nuevamente derrama jugo en el suelo, fue a buscar para limpiar.
La mama le dice desde la cocina: “Tienes que mojar un poco el coleto para que pueda absorber mejor”
Manuel le responde “si el coleto está seco es mejor mamá, así absorbe más el jugo”
Manuel regresa al lugar donde derramó el jugo, vuelve a dejar a medias el sucio y vuelve a colocar el coleto al sol al supuestamente terminar de coletear.
Pasaron días y el coleto seguía en el mismo lugar, llevando mucho sol, colocándose cada vez más duro y conteniendo los residuos y basuras que recogía al momento que lo utilizaban, pues Manuel no lo enjuagaba al terminar, así mismo lo colocaba en la azotea.   
Días después, llegó la hora de la cena y Manuel preparaba una bebida para la familia, cuando terminó y fue a servirla se le cayó toda la jarra en el suelo que había preparado.
Fue corriendo a buscar el coleto, pero esta vez se dio cuenta de dos cosas:
La primera, era que observó, que el coleto estaba muy sucio y con la mopa muy dura.
La segunda, fue que era demasiado liquido en el suelo a diferencia de las veces anteriores.
Por lo que decidió hacer algo que antes no lo había hecho; mojó el coleto y lo enjuagó y empezó a limpiar. También se llevó un balde con agua para remojar el coleto a medida que iba absorbiendo y coleteando en la zona.
Al terminar se dijo a sí mismo “Que diferencia poder limpiar con un coleto limpio, remojado y que a medida que iba limpiando lo iba enjuagando en su agua del balde para poder limpiar mejor”
Fin.
Esta historia la escribí porque así tal cual me sentía e incluso, algunas veces me siento así y con esto me refiero a que poco a poco me fui llenado de sucio, recolectando esa basura emocional, esos momentos en los que me enojaba contigo porque pienso que no me estás dando lo que me merezco y al final de todo me convertí en un desierto.
Ese desierto es no ir a buscarte, ausentarme de tu presencia, olvidarme de ti cuando estoy bien y buscarte solo cuando te necesito. Sediento de tu agua que me nutre para poder vivir a plenitud, ese era el bendito coleto sucio y seco.
Me di cuenta que cuando me siento vacío por dentro es porque me hace falta un remojo en tu sentir, en tu espíritu, en tu presencia que algunas veces las convierto en ausencia, esto también me enseña que cuando voy a ayudar a alguien más, tengo que estar primeramente bien conmigo mismo, no puedo limpiar algo cuando por dentro estoy lleno de estorbos, miedos, enojos, resentimientos. Si te pudiera pedir algo hoy, es que ese coleto, esa alma, ese corazón sea sencillo como el tuyo, sé muy bien que me escuchas, por favor colócale el tamaño, la forma, el peso que quieras pero que sea igualito a ti.
Tu presencia en mi es intacta, persistente y la más leal que he conocido, a medida que voy madurando tengo presente que las respuestas que me das son las que necesito, no las que quiero escuchar de ti. No te puedo mentir, hay veces en que se me olvida mirar hacia los lados y encontrar tus señales, esas que me hacen saber que estás presente, simplemente con abrir mis ojos cada amanecer, tener mi desayuno, almuerzo y cena todos los días, mi familia, en especial mis abuelos que tienen 91 años y siguen aquí acompañándonos, es suficiente. No te pido una vida perfecta, lo único que requiero es la humildad para abrazarla y quedarme con ella para que sea mi fiel amiga en cada momento.
Si me preguntaras a qué quisiera renunciar respondería que a todo lo que me aparta de ti, mis excusas, mis ataduras e incluso hasta mis debilidades y te pediría que me regalaras de tu paciencia, de tu bondad, de tu amor, para que siga siendo un instrumento de ti en este plano. Regálame de sobra lo que me falta, pero con humildad.
No quiero ser egoísta, esta carta también va en nombre de todo aquel que cree firmemente en ti, por lo tanto, es colectiva.
Hoy te escribo desde mi casa y posiblemente muchos leerán esto desde la suya, donde es otra señal para saber que tu presencia no solo es con lo intangible, lo material también forman parte de ese grupo de bendiciones que me otorgas y a los demás también.
Escribiéndote, me pregunto o posiblemente nos preguntamos: ¿Cómo puedo conocerte más de cerca?,  hace poco le encontré respuesta a eso.
Siempre que trabajo coloco música y música de honor y gloria a ti, me encanta cantar tus canciones, hasta te llevo conmigo en mi teléfono. Un día, estando con mis audífonos puestos, escuchando una canción de ti, empecé a tararearla y cerca de mí se encontraba mi tía y al escucharme me pregunta:
Alonso ¿tu escuchas canciones cristianas?
Mi respuesta fue: ¡Si tía, me gustan muchas! No todas, pero si escucho frecuentemente.
Ella me respondió: ¿Sabes que el que canta, ora dos veces?
Ya había escuchado eso, pero no le había tomado tanta importancia como en ese momento, pues, despertó en mí una respuesta automática.
Definitivamente esa es mi manera de estar más cerca de ti, cantándote.
Aun así, le seguí encontrando más sentido a todo a medida que el tiempo pasaba; Hace unos días atrás me pidieron escribir sobre un tema libre, la verdad no sabía, ni tenía la más mínima remota idea de qué escribir, sin embargo, escucho muy a menudo esta frase: “Dios lo es todo” y si, realmente lo eres todo, cada una de estas letras forman parte de tu presencia en mí. Te elegí para escribir esta carta, porque pronto cumpliré dos años siendo coach y es así como todo lo aprendido es porque tú lo has hecho posible y pienso que eso lo haces con cada una de las personas que habitamos en este mundo y que creemos en ti, tu construyes nuestras vidas para luego ser un servidor para los que necesiten de tu bondad, sobre todo con esta grandiosa y hermosa profesión.
No puedo terminar esta carta sin decirte que es rudo pensar que esta sea mi primera carta colectiva hacia ti, pero siempre habrá una primera vez y si está sucediendo de esta manera es porque así mismo tú lo quisiste. Agradezco de corazón, que nos ilumines a cada uno de nosotros y que llegues a los corazones de quienes tienen el coleto sucio, perdido y que necesiten de ti.
Aunque no pueda ver, siempre estas obrando.
Con amor, tu hijo Alonso.




Praceta Barahona Fernandez, #2, -2.
Loures, Lisboa. Portugal.
2670-525.
Tlf. +351 968 920 994
Creado por Portuniglia Web Design Agency, Portugal.
Regreso al contenido