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Mis Heridas En Matices

Escuela Iberoamericana de Coaching
Publicado de Vanessa Espinoza · 5 Julio 2020
Quizás resulte paradójico o contradictorio, pero cuando comencé a ver mis heridas me encontré con que habitaban en mí, algo así como un “blanco RECHAZO” y un “negro ABANDONO”, que sin duda alguna hicieron un “gris INJUSTO”.
Estas 3 heridas han ardido en mi piel y corazón alrededor de 30 años…sí, largas 3 décadas. Comencé a vislumbrar algunas mientras me formaba como Master Coach Ontológico en el año 2018. Aún sin saber algunos de sus nombres y apellidos. Pero comencé a mirar de cerca una adicional hace poco, mientras estudiaba la Especialización en Coaching de Pareja, en esta escuela. ¡Ha sido un proceso duro y ensordecedor verlas, ha dolido en el ego, en la niña, en la adulta, en la madre, en la mujer! Pero a su vez, comienza a ser liberador cuando me doy el permiso de primero reconocerlas, transitarlas y al final sanarlas.
Confieso que ese primer encuentro con ellas, el instinto primario sin pensarlo fue tomar un látigo en mano cual verdugo, para castigar de cierto modo a los principales causantes de ellas (mis padres). Luego de haber vivido intensamente esta rabia, culpando e invalidando a mis padres, me quedé con la tristeza de no entender qué pasaba, y luego conocí la vía para comenzar a sanar, iniciando por entender que mis padres me criaron con ciertas heridas también, de las cuales fueron víctimas al igual que yo. Nadie viene con un manual bajo el brazo para ser padre, así que cuando comencé a entender que ellos hicieron lo mejor que podían hacer con las herramientas que tenían, mis heridas comenzaron a sanarse… ¿mágicamente? ¡Jamás! Todo es un proceso, para algunos más lento y duro que para otros. Sólo al iniciar el proceso de empatía y reconocimiento de esto, es posible abrir “gasas y curitas”, para mirar la herida, ver cuán profunda es, qué tanto daño ha causado en el tejido y así entonces comenzar a mirar el camino para sanar.
Luego de estos primeros pasos de sanación, voy más aguas adentro conmigo misma, para ver cuánto he perdido (y hasta ganado) desde esas heridas, y DECIDO verlas con amor, entendiendo que ya desde la adulta que soy puedo comenzar a hacerlo diferente, por supuesto no sin antes haber abrazado y agradecido a mi niña herida. Esa niña que saltaba adolorida apenas ponían un dedo encima de esa herida.
Cuando en mi relación de pareja, se activan ciertas heridas, suelo actuar o a la defensiva, o por el contrario puedo huir o correr de todo, otras veces estas heridas me arropan con sombras de venganza y frialdad, y no me permiten mostrarme vulnerable. Pero hace poco aprendí que cuando mi pareja activa mis heridas, no lo hace de manera consciente, es más, me atrevería a decir que quizás ni lo sabe, pero si es una forma de lo más grande, Dios, de recordarme que puedo hacer algo distinto con ellas desde la adulta que soy, y en vez de seguirle agregando sal, mejor las curo con amor y conciencia. Entendí que no puedo cobrarle a mi pareja lo que no me dieron mis padres, esa deuda no es de él.
La razón por la que decidí comenzar a sanar mis heridas fue para seguir transformándome, ser una mejor mujer, más completa y más feliz, y una mejor madre, hija y pareja. Sin duda alguna, esto me llevaría a ser mejor coach también, ya que solemos hacer los mejores coaching desde nuestras propias heridas.



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