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Pies descalzos…

Escuela Iberoamericana de Coaching
Publicado de Ángeles Curiel · 3 Mayo 2020
Desde muy pequeña siempre me ha encantado estar descalza, es algo que realmente me gusta, lo disfruto, estar en contacto con el suelo, sentir la superficie, para mí no hay nada más liberador que eso. De hecho, cuando los días de trabajo son muy duros, solo ansío llegar a casa y lo primero que hago es quitarme los zapatos, si quiero descansar después de la comida, no necesito acostarme, con quitarme los zapatos me es suficiente. Si llego a una playa o a un lugar con extensiones de grama, lo primero que me provoca es quitarme los zapatos y caminar descalza sobre esa superficie. Es que lo siento como todo un placer, es algo que me relaja. Sin embargo, ese gusto particular, fue el motivo de millones de regaños de mi mamá, porque para ella es una falta de educación, pero eso nunca pudieron “corregírmelo”. De hecho, al día de hoy ella aún no soporta que ande descalza por la casa y para mi sigue siendo el mayor de los placeres.
Insisto, para mí, es una sensación de libertad combinada con liviandad, descanso, fluidez, es algo que parece tonto, pero desde mi mirada, nada como caminar descalza y sentir lo que estoy pisando, conectarme con el suelo por donde voy, hace que la experiencia sea más sentida.
Pero hace algún tiempo me di cuenta que había algo que era incoherente en mí, pues por mucho que me gustara estar descalza, y lo mucho que pregono lo delicioso que es para mí, me observé, y encontré, que cuando de zapatos se trata, casi siempre optaba por zapatos cerrados, zapatos cómodos y hasta gruesos. Y entonces me di cuenta, como en el día a día, procuro tener mis pies cubiertos, con zapatos cerrados, evitando tenerlos expuestos y si por casualidad llueve, no hay sensación que me desagrade más, que sentir que mis pies se han mojado. La verdad no soy muy amiga de las sandalias, ni estas cholitas de verano, nada que deje mis pies expuestos y vulnerables. Y es justo esa última palabra lo que me llevó a esta analogía… Como algo tan sencillo como un gusto particular, puede revelar una estructura de cómo estaba protegiendo algo tan valioso para mí.
En aquel momento fue un Wowwww. Pero ¿y si hoy lo llevamos al espacio reflexivo? y ¿si vemos el estar descalza como una manifestación viva de la vulnerabilidad? si lo vemos metafóricamente, cuando estamos descalzos, nada nos protege, si, sentimos todo lo que pisamos, pero no siempre el piso es liso, limpio y brillante, y una piedrita que con zapatos ni nos enteramos que existe, si estamos descalzos sin duda va a molestar, sin dejar de lado la diferencia de tropezar con algo y golpearte el dedo chiquito del pie cuando estas descalz@ que cuando usas zapatos…
¿Pudieran representar los zapatos entonces las corazas con las que protegemos nuestra vulnerabilidad? ¿Pudiese ser que mientras más grandes, más duros, más cerrados, más estoy reflejando mi necesidad de protegerla? y si es así… Sería interesante comenzar a Entonces comenzar a preguntarnos...
¿Qué tan vulnerables son los zapatos con los que camino en la vida? ¿Qué tanto me expongo al riesgo de andar vulnerable?, porque caminar-vivir expuestos conlleva un riesgo, consciente de ello o no. La diferencia está, en si lo asumo, o me aferro a la protección excesiva de estar sobre segur@. Si es tan placentero tocar la tierra con los pies descalzos y experimentar cada sensación, ¿no estaría acaso limitando mi experiencia cuando me aferro a mis “zapatos”?
Y surgen más preguntas… ¿Representa el uso de zapatos un aprendizaje de vida de auto protección? Si lo vemos como sistema, son infinidades de bebes, que aun sin caminar ya usan zapatos ¿será entonces que desde muy pequeños aprendemos a protegernos? Y creo que la respuesta es Sí. La auto protección se puede manifestar como un instinto de supervivencia para mantenernos a salvo… Pero ¿De qué nos protegemos? ¿Cuál es la amenaza que ante la que me siento vulnerable? ¿Realmente he experimentado la vulnerabilidad de caminar la vida descalz@ y expuest@?
Estas interrogantes pueden abrir un sinfín de respuestas, porque va a depender de juicios que detonen los miedos de cada uno, e incluso puede dar paso a más interrogantes, y aquí particularmente mi invitación es a que tengas la valentía de seguir ese hilo de auto indagación que te surja con esta reflexión. Pues mientras más consciente seas de lo que te amenaza, posiblemente tendrás una mayor conciencia de que tan protegido@ o no, deseas estar.
Yo particularmente descubrí en ellas que le tenía terror a la vulnerabilidad, de mostrarme frágil y sensible, y solo disfrutaba de ella, en sitios “seguros o conocidos”. Pero en realidad cada quien tiene su razón, sus juicios, sus heridas y un sentido para protegerse de una amenaza, hay quienes se protegen de emprender nuevos proyectos, hay quienes se aferran a la comodidad de los espacios, hay quienes están tan heridos que les da terror que le medio rocen la herida, en fin, cada uno de nosotros, tiene su lado sensible, esa área de nuestras vidas donde los “zapatos” son la opción más recurrente para calzar, hay puntos medios también, dependiendo de la exposición que esté dispuest@ a asumir, dependiendo de que tanto me quiero arriesgar mientras “camino”.
Pero hay una realidad que en oportunidades nos pasa factura, y es que, por más que queramos, humanamente imposible vivir todo el tiempo con los zapatos, en algún momento los pies se cansan, necesitan respirar, necesitan lavarse, y así pudiese seguir con las analogías. Así también hay un costo de vivir auto protegiéndonos todo el tiempo de las amenazas que juzguemos nos hacen vulnerables, y aquí repito esta pregunta ¿no estaría acaso limitando mi experiencia cuando me aferro a mis “zapatos”? Por qué desde mi mirada, es justo eso lo que perdemos cuando nos aferramos estar constantemente “protegiéndonos” … perdemos un dejo de vida, de liviandad, de alegría, de placer, de disfrute, pues es muy complicado disfrutar desde un estado de alerta y amenaza constante.
 
No estoy diciendo con esto que la idea es andar descalzos todo el tiempo exponiéndonos sin prudencia en el camino, nadie en su sano juicio anda por la calle caminando descalz@ solo porque le place, al igual que nadie anda por la calle mostrando sus heridas y emociones más profundas a extraños, por el contrario, si estamos ante un camino de piedras picadas, hay que protegerse, es necesario. Y allí juega un papel fundamental, ese estar consciente de cuáles son mis amenazas particulares, mientras más claro lo tengamos, eso nos ayuda a elegir el tipo de zapato que queremos usar, o incluso elegir en ciertos momentos, ni siquiera usarlos.
Yo por ejemplo decía, que no había nada más cómodo que unos zapatos de goma, con medias y acolchaditos, si, son cómodos, muyyyy cómodos, así como la famosa zona de confort, comodísimaaaa. Y es válido caminar-vivir desde allí, es una elección, yo lo estuve haciendo por muchos años. Pero hoy en día, también me he dado la oportunidad de caminar con una hermosas y expuestas sandalias turquesas que elegí a mi medida, y ¡ha sido fantástico! No digo que de vez en cuando, no recurra a los zapatos de goma, incluso hasta unas botas de seguridad en ocasiones, pero ahora soy consciente de que un poco o mucho de exposición al caminar-vivir (cada quien tiene su medida particular) es lo que hace que valga la pena la experiencia.
La superficie y los escenarios cambian de acuerdo a las circunstancias, y así de variados pueden ser nuestros zapatos, hay para todos los gustos, formas, colores, y sobre todo grosores. Pero si quisiera que sepas, que tienes la opción de escogerlos conscientemente, que, en circunstancias, vale la pena el riesgo a exponerte y en ocasiones incluso quitarte los zapatos, y dejar que el suave césped… ¡te acaricie la vida!




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