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La Alicia Que Se Salió del País de las Maravillas

Escuela Iberoamericana de Coaching
Publicado de Mayra Mendoza · 20 Octubre 2020
“Tenía 32, cuando me quedé sola con dos niñas, una de cinco años y la menor de tres años de edad, cuando mi pareja, luego de 14 años de matrimonio decidió irse de la casa”.
Hola, soy Alicia y quiero contarte mi historia.
En ese momento se derrumbó mi proyecto de vida, mi cuento del país de las maravillas se desvaneció, me perdí en el bosque, no encontraba el camino, fueron días oscuros, de mucho llanto, insomnio, y dolor en el pecho. No entendía en qué me había equivocado, todo era incierto, solo sabía que debía salir adelante con mis dos hijas.
Sufrí, me sentí sola, me costó adaptarme a una nueva realidad, pero no me rendí nunca. Esta adversidad, que ahora la veo como una gran bendición, en ese momento me hizo subirme en los patines de la autosuficiencia, con ellos gané confianza, seguridad, nuevas responsabilidades, reconocimientos, trabajos, éxitos, en definitiva no paraba. Y lo mejor de todo es que era una sensación placentera, sentía que tenía el mundo a mis pies.
Comencé a verme a mí, comencé a entrenar físicamente mi cuerpo, a dedicarme tiempo, pero aún en mi mente era muy estricta, me presionaba, me hacía daño, me exigía mucho, me auto flagelaba con pensamientos destructivos, mi mirada siempre estaba al frente, era imparable, iba a una gran velocidad, nada me detenía, yo podía con todo, cargaba todo en mi espalda, el costo fue el cansancio, el sufrimiento, las decepciones, las exigencias, era desafío tras desafío, me convertí una máquina produciendo y haciendo. Casi todo era perfecto, me valía por sí misma, pero por dentro tenía un vacío inmenso.
Los costos de vivir en la autosuficiencia fueron determinantes, me volví inalcanzable, me deshumanicé, nadie lograba acercarse, me volví invisible para muchos, no permitía cercanía, sentía que cualquiera me podía hacer daño, yo debía seguir con todo y contra todo.
La soledad era perceptible, no había ni un gramo de sensibilidad en mi cuerpo, mi corazón se endureció. Todos esos costos que le he enumerado eran inconscientes, eran mi punto ciego, no los veía.
No les puedo decir, en que momento sucedió, sólo sé que un día me cansé, estaba agotada, decidí salirme del cuento de hadas que había aprendido y que me había repetido una y otra vez “Y ese fueron felices para siempre”. Comencé a caminar descalza, a sentir el viento, dejar que la brisa me diera en el rostro y alegrarme por eso, me  sorprendí de los paisajes, ya no había prisa, abracé los olores y los colores de la naturaleza, me maravillé de la inmensidad del cielo, y quedé en lo profundo azul del mar, todo era un milagro, algo mágico frente a mis ojos.
En ese momento sublime decidí que yo era lo único que tenía, y que mis hijas estaban creciendo y en algún momento elegirán su propio camino. Ahí justo ahí le baje la velocidad a la vida, me pregunté ¿para dónde iba a tanta velocidad?, ¿qué era eso que perseguía? ¿por qué tanto apuro, tanto sacrificio?
Alicia se Salió del Cuento
No hubo respuestas, solo me solté el cabello, me senté en la arena, hundí mis pies en el mar, me detuve a ver quiénes me acompañaban y a disfrutar de su compañía, comencé a caminar despacio, a reconocer todo lo que había logrado, valorar mis aciertos, entender que ya era suficiente, ahora me podía permitir volver a creer en el amor, quitar todo lo que me había impedido encontrarlo en mí, fue como ver una rosa florecer, salir de su capullo, ya no necesitaba los patines, me salí del cuento, y encontré mi camino. Ahora tenía alas, las había construido, eran hermosas y radiantes, pero también mi cuerpo era sensible, vulnerable, dócil, manejable, amigable, me había desprendido de unos guantes invisibles con los que golpeaba todo y luchaba contra no sé qué.
Ya no había lucha, sacrificios, afán, guerras, batallas, me rendí a la vida misma, al bienestar, a la salud, podía percibir todo. Era una princesa de la vida real, sin tanto cuento, podía escribir una nueva historia, más real, mas autentica, más humana, y más sensible.
Agradezco este instante, esta elección en mi vida, sentirme una mujer, deseada, sin culpas, sin prejuicios, sin doble moral, simplemente dejar mi cuerpo expresarse, saber que era la misma mujer completa, valiente, en tacones, en vestido y maquillada, que descalza, desnuda, sensible y humana.
Gané libertad. Fue un maravilloso descubrir, una mañana me sorprendió un vendaval de mariposas blancas y amarillas. Me detuve a ver su algarabía. Recuerdo ese mágico episodio se lo comenté a un amigo cercano, y solo me dijo: Ellas, las mariposas siempre han estado ahí, solo que no te habías detenido a verlas.
Y tú, ¿Ya te saliste del cuento?
¿Qué no te has detenido a ver?




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